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Pasajeros en Tránsito
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El árbol de la ciencia y el árbol de la vida

El árbol de la ciencia y el árbol de la vida

—Ya la ciencia para vosotros —dijo Iturrioz— no es una institución con un fin

humano, ya es algo más; la habéis convertido en ídolo.

—Hay la esperanza de que la verdad, aun la que hoy es inútil, pueda ser útil mañana

—replicó Andrés.

—¡Bah! ¡Utopía! ¿Tú crees que vamos a aprovechar las verdades astronómicas

alguna vez?

—¿Alguna vez? Las hemos aprovechado ya.

—¿En qué?

—En el concepto del mundo.

—Está bien; pero yo hablaba de un aprovechamiento práctico, inmediato. Yo en el

fondo estoy convencido de que la verdad en bloque es mala para la vida. Esa anomalía

de la naturaleza que se llama la vida necesita estar basada en el capricho, quizá en la

mentira.

—En eso estoy conforme —dijo Andrés—. La voluntad, el deseo de vivir, es tan

fuerte en el animal como en el hombre. En el hombre es mayor la comprensión. A más

comprender, corresponde menos desear. Esto es lógico, y además se comprueba en la

realidad. La apetencia por conocer se despierta en los individuos que aparecen al final

de una evolución, cuando el instinto de vivir languidece. El hombre, cuya necesidad es

conocer, es como la mariposa que rompe la crisálida para morir. El individuo sano,

vivo, fuerte, no ve las cosas como son, porque no le conviene. Está dentro de una

alucinación. Don Quijote, a quien Cervantes quiso dar un sentido negativo, es un

símbolo de la afirmación de la vida. Don Quijote vive más que todas las personas

cuerdas que le rodean, vive más y con más intensidad que los otros. El individuo o el

pueblo que quiere vivir se envuelve en nubes como los antiguos dioses cuando se

aparecían a los mortales. El instinto vital necesita de la ficción para afirmarse. La

ciencia entonces, el instinto de crítica, el instinto de averiguación, debe encontrar una

verdad: la cantidad de mentira que es necesaria para la vida. ¿Se ríe usted?

—Sí, me río, porque eso que tú expones con palabras del día, está dicho nada menos

que en la Biblia.

—¡Bah!

—Sí, en el Génesis. Tú habrás leído que en el centro del paraíso había dos árboles,

el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. El árbol de la vida era

inmenso, frondoso, y, según algunos santos padres, daba la inmortalidad. El árbol de la

ciencia no se dice cómo era; probablemente sería mezquino y triste. ¿Y tú sabes lo que

le dijo Dios a Adán?

—No recuerdo; la verdad.

—Pues al tenerle a Adán delante, le dijo: Puedes comer todos los frutos del jardín;

pero cuidado con el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, porque el día que tú

comas su fruto morirás de muerte. Y Dios, seguramente, añadió: Comed del árbol de la

vida, sed bestias, sed cerdos, sed egoístas, revolcaos por el suelo alegremente; pero no

comáis del árbol de la ciencia, porque ese fruto agrio os dará una tendencia a mejorar

que os destruirá. ¿No es un consejo admirable?

—Sí, es un consejo digno de un accionista del Banco —repuso Andrés.

—¡Cómo se ve el sentido práctico de esa granujería semítica! —dijo Iturrioz—.

¡Cómo olfatearon esos buenos judíos, con sus narices corvas, que el estado de

conciencia podía comprometer la vida!

—Claro, eran optimistas; griegos y semitas tenían el instinto fuerte de vivir,

inventaban dioses para ellos, un paraíso exclusivamente suyo. Yo creo que en el fondo

no comprendían nada de la naturaleza.

—No les convenía.

—Seguramente no les convenía. En cambio, los turanios y los arios del Norte

intentaron ver la naturaleza tal como es.

—¿Y, a pesar de eso, nadie les hizo caso y se dejaron domesticar por los semitas del

Sur?

—¡Ah, claro! El semitismo, con sus tres impostores, ha dominado al mundo, ha

tenido la oportunidad y la fuerza; en una época de guerras dio a los hombres un dios de

las batallas, a las mujeres y a los débiles un motivo de lamentos, de quejas y de

sensiblería.

Hoy, después de siglos de dominación semítica, el mundo vuelve a la cordura, y la

verdad aparece como una aurora pálida tras de los terrores de la noche.

—Yo no creo en esa cordura —dijo Iturrioz— ni creo en la ruina del semitismo. El

semitismo judío, cristiano o musulmán, seguirá siendo el amo del mundo, tomará

avatares extraordinarios. ¿Hay nada más interesante que la Inquisición, de índole tan

semítica, dedicada a limpiar de judíos y moros al mundo? ¿Hay caso más curioso que el

de Torquemada, de origen judío?

—Sí, eso define el carácter semítico, la confianza, el optimismo, el oportunismo...

Todo eso tiene que desaparecer. La mentalidad científica de los hombres del norte de

Europa lo barrerá.

—Pero, ¿dónde están esos hombres? ¿Dónde están esos precursores?

—En la ciencia, en la filosofía, en Kant sobre todo. Kant ha sido el gran destructor

de la mentira greco-semítica. Él se encontró con esos dos árboles bíblicos de que usted

hablaba antes y fue apartando las ramas del árbol de la vida que ahogaban al árbol de la

ciencia. Tras él no queda, en el mundo de las ideas, más que un camino estrecho y

penoso: la Ciencia. Detrás de él, sin tener quizá su fuerza y su grandeza, viene otro

destructor, otro oso del Norte, Schopenhauer, que no quiso dejar en pie los subterfugios

que el maestro sostuvo amorosamente por falta de valor. Kant pide por misericordia que

esa gruesa rama del árbol de la vida, que se llama libertad, responsabilidad, derecho,

descanse junto a las ramas del árbol de la ciencia para dar perspectivas a la mirada del

hombre. Schopenhauer, más austero, más probo en su pensamiento, aparta esa rama, y

la vida aparece como una cosa oscura y ciega, potente y jugosa sin justicia, sin bondad,

sin fin; una corriente llevada por una fuerza “x”, que él llama voluntad y que, de cuando

en cuando, en medio de la materia organizada, produce un fenómeno secundario, una

fosforescencia cerebral, un reflejo, que es la inteligencia. Ya se ve claro en estos dos

principios vida y verdad, voluntad e inteligencia.

—Ya debe haber filósofos y biófilos —dijo Iturrioz.

—¿Por qué no? Filósofos y biófilos. En estas circunstancias el instinto vital, todo

actividad y confianza, se siente herido y tiene que reaccionar y reacciona. Los unos, la

mayoría literatos, ponen su optimismo en la vida, en la brutalidad de los instintos y

cantan la vida cruel, canalla, infame, la vida sin finalidad, sin objeto, sin principios y sin

moral, como una pantera en medio de una selva.

Los otros ponen el optimismo en la misma ciencia. Contra la tendencia agnóstica de

un Du Bois-Reymond que afirmó que jamás el entendimiento del hombre llegaría a

conocer la mecánica del universo, están las tendecias de Berthelot, de Metchnikoff, de

Ramón y Cajal en España, que supone que se puede llegar a averiguar el fin del hombre

en la Tierra. Hay, por último, los que quieren volver a las ideas viejas y a los viejos

mitos, porque son útiles para la vida. Éstos son profesores de retórica, de esos que

tienen la sublime misión de contarnos cómo se estornudaba en el siglo XVIII después

de tomar rapé, los que nos dicen que la ciencia fracasa y que el materialismo, el

determinismo, el encadenamiento de causa a efecto es una cosa grosera, y que el

espiritualismo es algo sublime y refinado. ¡Qué risa! ¡Qué admirable lugar común para

que los obispos y los generales cobren su sueldo y los comerciantes puedan vender

impunemente bacalao podrido! ¡Creer en el ídolo o en el fetiche es símbolo de

superioridad; creer en los átomos, como Demócrito o Epicuro, señal de estupidez! Un

“aissaua” de Marruecos que se rompe la cabeza con un hacha y traga cristales en honor

de la divinidad, o un buen mandingo con su taparrabos, son seres refinados y cultos; en

cambio el hombre de ciencia que estudia la naturaleza es un ser vulgar y grosero. ¡Qué

admirable paradoja para vestirse de galas retóricas y de sonidos nasales en la boca de un

académico francés! Hay que reírse cuando dicen que la ciencia fracasa. Tontería: lo que

fracasa es la mentira; la ciencia marcha adelante, arrollándolo todo.

—Sí, estamos conformes, lo hemos dicho antes, arrollándolo todo. Desde un punto

de vista puramente científico, yo no puedo aceptar esa teoría de la duplicidad de la

función vital: inteligencia a un lado, voluntad a otro, no.

—Yo no digo inteligencia a un lado y voluntad a otro —replicó Andrés—, sino

predominio de la inteligencia o predominio de la voluntad. Una lombriz tiene voluntad e

inteligencia, voluntad de vivir tanta como el hombre, resiste a la muerte como puede; el

hombre tiene también voluntad e inteligencia, pero en otras proporciones.

—Lo que quiero decir es que no creo que la voluntad sea sólo una máquina de

desear y la inteligencia una máquina de reflejar.

—Lo que sea en sí, no lo sé; pero a nosotros nos parece esto racionalmente. Si todo

reflejo tuviera para nosotros un fin, podríamos sospechar que la inteligencia no es sólo

un aparato reflector, una luna indiferente para cuando se coloca en su horizonte

sensible; pero la conciencia refleja lo que puede aprehender sin interés,

automáticamente y produce imágenes. Estas imágenes desprovistas de lo contingente

dejan un símbolo, un esquema que debe ser la idea.

—No creo en esa indiferencia automática que tú atribuyes a la inteligencia. No

somos un intelecto puro, ni una máquina de desear, somos hombres que al mismo

tiempo piensan, trabajan, desean, ejecutan... Yo creo que hay ideas que son fuerzas.

—Yo, no. La fuerza está en otra cosa. La misma idea que impulsa a un anarquista

romántico a escribir unos versos ridículos y humanitarios, es la que hace a un

dinamitero poner una bomba. La misma ilusión imperialista tiene Bonaparte que

Lebaudy, el emperador del Sahara. Lo que les diferencia es algo orgánico.

—¡Qué confusión! En qué laberinto nos vamos metiendo —murmuró Iturrioz.

—Sintetice usted nuestra discusión y nuestros distintos puntos de vista.

—En parte, estamos conformes.

Tú quieres, partiendo de la relatividad de todo, darle un valor absoluto a las

relaciones entre las cosas.

—Claro, lo que decía antes; el metro en sí, medida arbitraria; los trescientos sesenta

grados de un círculo, medida también arbitraria; las relaciones obtenidas con el metro o

con el arco, exactas.

—No, ¡si estamos conformes! Sería imposible que no lo estuviéramos en todo lo

que se refiere a la matemática y a la lógica; pero cuando nos vamos alejando de estos

conocimientos simples y entramos en el dominio de la vida, nos encontramos dentro de

un laberinto, en medio de la mayor confusión y desorden. En este baile de máscaras, en

donde bailan millones de figuras abigarradas, tú me dices: Acerquémonos a la verdad.

¿Dónde está la verdad? ¿Quién es ese enmascarado que pasa por delante de nosotros?

¿Qué esconde debajo de su capa gris? ¿Es un rey o un mendigo? ¿Es un joven

admirablemente formado o un viejo enclenque y lleno de úlceras? La verdad es una

brújula loca que no funciona en este caos de cosas desconocidas.

—Cierto, fuera de la verdad matemática y de la verdad empírica que se va

adquiriendo lentamente, la ciencia no dice mucho. Hay que tener la probidad de

reconocerlo..., y esperar.

—¿Y, mientras tanto, abstenerse de vivir, de afirmar? Mientras tanto no vamos a

saber si la República es mejor que la Monarquía, si el Protestantismo es mejor o peor

que el Catolicismo, si la propiedad individual es buena o mala; mientras la Ciencia no

llegue hasta ahí, silencio.

—¿Y qué remedio queda para el hombre inteligente?

—Hombre, sí. Tú reconoces que fuera del dominio de las matemáticas y de las

ciencias empíricas existe, hoy por hoy, un campo enorme a donde todavía no llegan las

indicaciones de la ciencia. ¿No es eso?

—Sí.

—¿Y por qué en ese campo no tomar como norma la utilidad?

—Lo encuentro peligroso —dijo Andrés—. Esta idea de la utilidad, que al principio

parece sencilla, inofensiva, puede llegar a legitimar las mayores enormidades, a

entronizar todos los prejuicios.

—Cierto, también, tomando como norma la verdad, se puede ir al fanatismo más

bárbaro. La verdad puede ser un arma de combate.

—Sí, falseándola, haciendo que no lo sea. No hay fanatismo en matemáticas, ni en

ciencias naturales. ¿Quién puede vanagloriarse de defender la verdad en política o en

moral? El que así se vanagloria, es tan fanático como el que defiende cualquier sistema

político o religioso. La ciencia no tiene nada que ver con eso; ni es cristiana, ni es atea,

ni revolucionaria, ni reaccionaria.

—Pero ese agnosticismo, para todas las cosas que no se conocen científicamente, es

absurdo, porque es antibiológico. Hay que vivir. Tú sabes que los fisiólogos han

demostrado que, en el uso de nuestros sentidos, tendemos a percibir, no de la manera

más exacta, sino de la manera más económica, más ventajosa, más útil. ¿Qué mejor

norma de la vida que su utilidad, su engrandecimiento?

—No, no; eso llevaría a los mayores absurdos en la teoría y en la práctica.

Tendríamos que ir aceptando ficciones lógicas: el libre albedrío, la responsabilidad, el

mérito; acabaríamos aceptándolo todo, las mayores extravagancias de las religiones.

—No, no aceptaríamos más que lo útil.

—Pero para lo útil no hay comprobación como para lo verdadero —replicó

Andrés—. La fe religiosa para un católico, además de ser verdad, es útil; para un

irreligioso puede ser falsa y útil, y para otro irreligioso puede ser falsa e inútil.

—Bien, pero habrá un punto en que estemos todos de acuerdo, por ejemplo, en la

utilidad de la fe para una acción dada. La fe, dentro de lo natural, es indudable que tiene

una gran fuerza. Si yo me creo capaz de dar un salto de un metro, lo daré; si me creo

capaz de dar un salto de dos o tres metros, quizá lo dé también.

—Pero si se cree usted capaz de dar un salto de cincuenta metros, no lo dará usted

por mucha fe que tenga.

—Claro que no; pero eso no importa para que la fe sirva en el radio de acción de lo

posible.

Luego la fe es útil, biológica; luego hay que conservarla.

—No, no. Eso que usted llama fe no es más que la conciencia de nuestra fuerza. Ésa

existe siempre, se quiera o no se quiera. La otra fe conviene destruirla; dejarla es un

peligro; tras de esa puerta que abre hacia lo arbitrario una filosofía basada en la utilidad,

en la comodidad o en la eficacia, entran todas las locuras humanas.

—En cambio, cerrando esa puerta y no dejando más norma que la verdad, la vida

languidece, se hace pálida, anémica, triste. Yo no sé quién decía: La legalidad nos mata;

como él podemos decir: La razón y la ciencia nos apabullan. La sabiduría del judío se

comprende cada vez más que se insiste en este punto: a un lado el árbol de la ciencia, al

otro el árbol de la vida.

—Habrá que creer que el árbol de la ciencia es como el clásico manzanillo, que

mata a quien se acoge a su sombra —dijo Andrés burlonamente.

—Sí, ríete.

—No, no me río.

 

de El árbol de la ciencia, Pio Baroja. 1911