El periodista francés Grégoire Canlorbe, vice-presidente del
Parti National-Libéral,
entrevistó hace dos años al doctor belga de origen húngaro István Markó (1956-2017), profesor e investigador de química orgánica en la Université Catholique de Louvain (Bélgica). El profesor Markó fue un destacado abierto defensor de la visión escéptica en el tema del calentamiento global causado por el hombre, y en 2013 apareció bajo su dirección el libro "Climat: 15 Vérités qui Dérangent", considerado una biblia del escepticismo contra el dogma del cambio climático, cuyas variaciones tendrían poco que ver con la actividad humana. Esta interesante, instructiva y demoledora entrevista fue publicada póstumamente de manera resumida por Breitbart News Network el 28 de Octubre de 2017. La siguiente es la versión completa (salvo un párrafo), publicada por el entrevistador (gregoirecanlorbe.com), traducida aquí al castellano.
ENTREVISTA con ISTVÁN MARKÓ
por Grégoire Canlorbe
28 de Octubre de 2017
—Grégoire Canlorbe: El activismo climático es considerado como el Caballo de Troya del Marxismo, una forma para que sus seguidores sigan adelante con su rostro enmascarado, en la interminable guerra santa que el Marxismo afirma que será necesaria para establecer el totalitarismo comunista. Sin embargo, fue realmente Margaret Thatcher, la musa del libertarismo conservador, quien le dio la partida al IPCC (Intergovernmental Panel on Climate Change). ¿Cómo usted le encuentra sentido a esto?
—István Markó: Más precisamente, Margaret Thatcher, aunque era una química entrenada y por lo tanto consciente del carácter mendaz de tal acusación sobre el Dióxido de Carbono (CO2), fue la primera proponente que usó la excusa de las implicaciones climáticas planteadas por el CO2 para conseguir sus fines políticos. En ese entonces, es decir, a mediados de los años '80, Thatcher estaba emprendiendo la guerra contra el todopoderoso sindicato del carbón. En aquellos días los sindicatos del carbón del Reino Unido se estaban remunerando a sí mismos con sumas públicas, y, haciendo lobby por medio del Partido Laborista, habían logrado que se aprobara un enorme número de leyes y subvenciones para mantener a flote a una industria que ya no era rentable por sí misma.
Mientras enfrentaba una huelga de los mineros británicos, presididos por Arthur Scargill (apodado "Arthur el Rojo"), quien más tarde fundaría y lideraría el Partido Laborista Socialista, Thatcher pensó que valía la pena sacralizar la tesis del calentamiento vinculado a emisiones de CO2 para terminar con los sindicalistas que tenían como rehén a su país. Pero ella no fue realmente la iniciadora del IPCC. Su comienzo vino más de personalidades que estaban involucradas en el ecologismo duro, como el noruego Harlem Gro Brundtland, quien presidió la Comisión de Naciones Unidas responsable del famoso informe de 1987 "Nuestro Futuro Común", o el canadiense Maurice Strong, que está entre los miembros fundadores del IPCC.
La creencia en un catastrófico efecto invernadero debido a emisiones de CO2 proporcionó a Thatcher un recurso adicional, en su disputa con el sindicato, para establecer que el Reino Unido abandonara el carbón y se cambiase a la energía nuclear. Aquélla era una creencia que ella sabía que era infundada, pero que en gran parte ayudó a atrincherar y popularizar. Uno puede, es verdad, deplorar la estrategia de Thatcher basada en una perversión de la ciencia. Pero está el hecho de que, en ese entonces, las industrias de generación de energía eléctrica, principalmente la del carbón, no lo hacían en condiciones muy limpias. Incluso aunque el CO2 no tenga absolutamente nada que ver con un veneno, existía entonces una verdadera contaminación asociada con la quema de carbón debido a una carencia de tecnología moderna de control de emisiones.
En efecto, la combustión de carbón no sólo produce emisiones inofensivas de CO2, sino que conjuntamente tiene asociados desechos sulfurosos y nitrogenados, produce emisiones de SO2 [dióxido de azufre], de SO3 [trióxido de azufre], y de NOx [óxidos nítricos], expulsa partículas finas, y deja cenizas nominalmente radiactivas (a pesar de que la evidencia epidemiológica y los datos para cualquier daño de salud serio son todavía muy polémicos y difíciles de obtener). Desde los años '80, sin embargo, el tratamiento de la contaminación industrial ha evolucionado. Hoy una planta de generación de alimentación eléctrica que usa el carbón como una materia prima ahora produce muy poca contaminación del medioambiente.
—Canlorbe: Una persona sensible a los encantos pastoriles, según usted, enamorada de los verdores y variados campos de pasto, sólo puede celebrar el aumento de la concentración de dióxido de carbono en el aire. ¿Podría usted referirse de nuevo a la necesidad de dejar de demonizar al CO2 como un "gas satánico" en vista de los datos objetivos de la química?
—István Markó: Repitamos: el CO2 no es, y nunca ha sido, un veneno [1]. Cada una de nuestras exhalaciones, cada uno de nuestros alientos, emite una cantidad astronómica de CO2 proporcionado al que hay en la atmósfera (unas 40.000 ppm); y está muy claro que el aire que expiramos no mata a nadie que esté frente a nosotros. Lo que debe ser entendido, además, es que el CO2 es el alimento elemental de las plantas. Sin CO2 no habría plantas, y sin plantas no habría oxígeno y por lo tanto no habría humanos. La ecuación es tan simple como eso.
[1] http://co2coalition.org/wp-content/uploads/2016/10/Carbon-Dioxide-Benefits-the-World-2.pdf
Las plantas necesitan CO2, agua, y luz diurna. Éstos son los mecanismos de la fotosíntesis, para generar los azúcares que los proveerán de alimento básico y componentes básicos. Aquel hecho fundamental de la botánica es uno de los motivos primarios de por qué alguien que esté sinceramente comprometido con la preservación del "mundo natural" debería abstenerse de demonizar al CO2. Durante los últimos 30 años ha habido un incremento gradual del nivel de CO2. Pero lo que también se observa es que a pesar de la deforestación, la vegetación del planeta ha crecido en aproximadamente un 20%. Esta expansión de la vegetación en el planeta, los amantes de la Naturaleza en gran parte la deben al aumento de la concentración de CO2 en la atmósfera.
Si estudiamos, sin embargo, lo que ha estado ocurriendo en el nivel geológico durante varios millones de años, comprendemos que el período actual se caracteriza por un nivel extraordinariamente bajo de CO2. Durante el Jurásico, el Triásico, etcétera, el nivel de CO2 se elevó a veces a valores del orden de 7.000, 8.000 ó 9.000 ppm, lo que excede considerablemente las ínfimas 400 ppm que tenemos hoy. No sólo existió la vida en aquellos remotos tiempos cuando el CO2 estaba tan presente en grandes concentraciones en la atmósfera, sino que plantas como los helechos comúnmente alcanzaban alturas de 25 metros. Recíprocamente, lejos de beneficiar a la actual vegetación, la reducción de la presencia de CO2 en la atmósfera probablemente comprometería la salud, e incluso la supervivencia, de numerosas plantas. Una caída por debajo del umbral de 280 ó 240 ppm conduciría claramente a la extinción de una gran variedad de nuestras especies vegetales.
Además, nuestra implacable cruzada para reducir el CO2 podría ser más dañina para la Naturaleza dado que las plantas no son los únicos organismos que basan su nutrición en el CO2. Las especies del fitoplancton [vegetales microscópicos del ambiente acuático que alimentan a los animales que viven en el agua] también se alimentan de CO2, usando el carbono del CO2 como un componente básico y liberando oxígeno. A propósito, vale la pena recordar que el 70% del oxígeno presente hoy en la atmósfera viene del fitoplancton, no de los árboles. Contrariamente a la creencia común, no son los bosques sino los océanos los que constituyen los "pulmones" de la Tierra.
En cuanto al supuesto vínculo que existiría entre calentamiento global y emisiones de CO2, simplemente no es verdadero que el CO2 tenga un importante efecto invernadero. Vale la pena recordar, aquí también, que el CO2 es un gas menor. Hoy él representa sólo el 0,04% de la composición del aire; y a su efecto invernadero se le atribuye el valor de 1. El mayor gas de efecto invernadero en la atmósfera es el vapor de agua, que es diez veces más potente que el CO2 en ese efecto. El vapor de agua está presente en una proporción del 2% en la atmósfera. Aquellos hechos son, en principio, enseñados en la escuela y en la universidad, pero uno todavía logra incriminar al CO2 junto a este aprendizaje, al hacer uso de un truco sucio que presenta el efecto calentador del CO2 como menor pero exacerbado por los otros efectos invernaderos, por medio de bucles de realimentación [feedback loops, circuitos que mediante auto-ajustes mantienen estable el sistema].
—Canlorbe: Muchas teorías que afirman ser científicas equivalen a una elaboración, más o menos rigurosa desde el punto de vista lógico, y más o menos sólida desde el punto de vista experimental, destinada a justificar algunos sentimientos intrínsecamente encontrados en aquellas mismas teorías. Además, para la gente que se deja influír más bien por sus sentimientos que por argumentos, el poder persuasivo de una teoría vendrá esencialmente de los sentimientos que ella expresa, y no del barniz lógico-experimental que los cubre. Más allá de intereses políticos, ¿cuáles son entonces los sentimientos que inspiran la tesis del calentamiento global antropogénico y que la hacen tan atractiva?
—István Markó: Como científico, naturalmente espero que yo pueda lograr restringirme al campo de lo que Vilfredo Pareto solía llamar el método logico-experimental, y que no me deje influír, sin mi conocimiento, por sentimientos que interfieren con la seriedad de mis teorías y la validez de mis experimentaciones. Pero mis sentimientos muy ciertamente están en juego cuando examino el discurso del militante acerca de la tesis del calentamiento antropogénico y la extraña influencia que ella ejerce en los gobiernos y la opinión pública.
Para comenzar, yo creo en la ciencia. Quiero decir que creo en la posibilidad de conocer objetivamente la realidad por medio de la ciencia. Creo que hay verdad y falsedad, que la ciencia permite que nosotros distingamos entre las dos, y que la verdad debe ser conocida; que el conocimiento científico debe ser colocado en las manos de la población. También creo en la libertad. Creo que cada hombre tiene derecho a conducir su vida y manejar sus bienes como le parezca, que él es el único poseedor de sí mismo, y que el control socioeconómico estatista es tan moralmente reprensible como dañino en sus consecuencias sociales, económicas y medioambientales.
Noto dos cosas que me inquietan: en primer lugar, la población está cada vez más mal informada científicamente; y en segundo lugar, los medios de comunicación y los gobiernos aprovechan eso para propagar una teoría que es dudosa, a saber, la del calentamiento causado por el hombre, y para promover medidas coercitivas en su nombre. Pocas personas se toman el tiempo para conseguir información vital sobre la actual huella de CO2; y pocas personas, más generalmente, están todavía interesadas en la ciencia. Lamento profundamente que nuestras sociedades occidentales hayan tenido éxito en cultivar tal desconfianza de la ciencia, tal renuencia a tener confianza en la capacidad de ella para conocer el mundo objetivamente y para transformarlo positivamente.
La teoría del calentamiento antropogénico afirma ser científica; pero si la gente acepta esa teoría, si ellos sostienen que es verdadera, aquello claramente no es de interés para la ciencia. Una teoría tan frágil, en vista de los hechos del CO2 que le he presentado, nunca podría haber sido aceptada por la gente que realmente se preocupa por la ciencia ni por quienes poseen un entendimiento profundo en aquel campo. En mi opinión, hay dos motivos principales —o si usted prefiere, dos tipos principales de sentimientos— que hacen que la gente se deje seducir tan fácilmente por la teoría del calentamiento provocado por el hombre. En primer lugar, la religión católica está en decadencia en el mundo occidental; y lo que yo llamo ecologismo viene para reemplazarla.
En segundo lugar, los occidentales tienen un pronunciado gusto por la auto-flagelación; y la teoría del calentamiento antropogénico proporciona la justificación para aquella tendencia, probablemente anclada en nuestra herencia cristiana. De este modo, por una parte, tenemos sentimientos religiosos, fe en un nuevo sistema de pensamiento, que es el ecologismo; la veneración de una nueva divinidad, que es la benévola y protectora Naturaleza. Por otra parte, tenemos un sentimiento de culpa, expresado en nuestra convicción de que si el clima se calienta es por culpa nuestra, y de que si no limitamos inmediatamente nuestras emisiones de CO2, habremos ensuciado y desfigurado nuestro planeta.
—Canlorbe: Los siguientes hechos nos son comúnmente presentados como la prueba de que el planeta se está calentando, y que eso tiene algo que ver con la toxicidad del CO2. En primer lugar, el nivel de mares y océanos aumentaría año tras año, sumergiendo islas enteras, mientras que el nivel de glaciares y capas polares disminuiría; en segundo lugar, las temperaturas registrarían un aumento gradual, mientras que la frecuencia de eventos climáticos extremos y el área afectada por sequías también alcanzarían niveles cada vez más altos; en tercer lugar, el resurgimiento de algunas enfermedades como la del ántrax, en Rusia, seguiría al retorno de bacterias liberadas por el descongelamiento del permafrost en el Norte. ¿Cuál de aquellos hechos comúnmente aceptados juzga usted que tiene justificación?
—István Markó: Durante los últimos 12.000 años lo que hemos presenciado es una oscilación entre períodos cálidos y fríos, períodos con aumento y declinación de los niveles del mar. Indiscutiblemente, los niveles del océano y de los mares han estado creciendo desde el final de la Pequeña Época Glacial que ocurrió aproximadamente desde comienzos del siglo XIV hasta el final del siglo XIX. Al final de aquel período, las temperaturas globales comenzaron a elevarse. Con eso presente, el aumento registrado es de 0,8 grados Celsius y aquello no es, por lo tanto, nada extraordinario. Si la temperatura sube, el agua del océano obviamente se dilata y algunos glaciares retroceden. Eso es algo que los glaciares siempre han hecho, y no es algo específico de nuestro tiempo.
Así, en los antiguos tiempos romanos los glaciares eran mucho más pequeños que los que conocemos hoy día. Invito al lector a mirar los documentos que se remontan hasta los días de Aníbal, quien logró cruzar los Alpes con sus elefantes porque él no encontró hielo en su camino hacia Roma (excepto durante una tormenta de nieve justo antes de llegar a la llanura italiana). Hoy, usted ya no podría hacer el viaje de Aníbal. Él pudo ser capaz de tal proeza precisamente porque el clima era más cálido en tiempos romanos.
Los niveles del mar están actualmente en aumento; pero ése es un fenómeno sobrestimado. El aumento registrado es de 1,5 milímetro por año, es decir, 1,5 cm. cada diez años, y no es, por lo tanto, dramático en absoluto. En efecto, resulta realmente que islas enteras son sumergidas; pero en el 99% de los casos aquello es debido a un clásico fenómeno de erosión [2] y no a niveles crecientes del mar. En lo que se refiere a la ciudad italiana de Venecia, el hecho de que se vea enfrentada a desafíos del agua no se debe a ningún aumento del nivel de la laguna, y es sólo la manifestación de la triste realidad de que la "Ciudad de los Dogos" [o Duxes = magistrados y a la vez gobernantes] se está hundiendo bajo su peso en la tierra pantanosa. Nuevamente, los niveles globales del océano están en aumento, pero la amenaza efectivamente representada por aquel fenómeno está lejos de ser tangible. Noto que las islas Tuvalu [en la Polinesia], cuyo hundimiento fue previamente anunciado como inminente, no sólo no han sido sumergidas sino que han visto su propio nivel de tierra elevarse con respecto al de las aguas alrededor de ellas.
[2] Las orillas de islas son erosionadas por el persistente golpeteo de las olas del océano. Eso es percibido como un "hundimiento" o como un "aumento del nivel del mar", pero el crecimiento de las aguas hacia arriba es debido al suelo de la isla siendo removido por el agua.
Todavía otro fenómeno que tendemos a exagerar es el derretimiento de las capas polares. La cantidad de hielo en el Ártico no ha disminuído durante 10 años: uno bien podría presenciar, de un año a otro, fluctuaciones del nivel del hielo, pero en promedio aquel nivel ha permanecido constante. Justo después de la Pequeña Época Glacial, ya que la temperatura subió, el Ártico comenzó a derretirse; pero el nivel de hielo en el Ártico finalmente se asentó. Además, el hielo ha estado expandiéndose en la Antártica durante los últimos 30 años; y de manera similar, observamos en Groenlandia que la cantidad de hielo aumentó en 112 millones de kilómetros cúbicos el año pasado [2016]. A una escala global, los glaciares son insignificantes, estando la mayor parte del hielo localizado en la Antártica y en Groenlandia. Uno no puede sino notar un nivel de hielo casi inalterable durante cientos de años.
Existen muchos otros mitos y leyendas con respecto al clima. Desde tormentas a tornados, acontecimientos extremos están ocurriendo por todo el mundo; y cuando ellos ocurren, su nivel es mucho más bajo, también. Como lo ha explicado el físico del MIT Richard Lindzen, la reducción del diferencial de temperaturas entre el hemisferio Norte y la parte ecuatorial de nuestro planeta hace la energía ciclónica mucho más pequeña; la importancia y la frecuencia de acontecimientos extremos, de esa manera, tienden a disminuír. Pero una vez más, el aumento de temperaturas muestra una magnitud considerablemente más baja con respecto a la que actualmente proyectamos.
Si usted mira los datos satelitales y las mediciones de globos sonda, usted entonces nota que el aumento de temperaturas alrededor del mundo es relativamente modesto; que es muy inferior al aumento que nos han predicho las autoridades, y que esas predicciones se basan en cálculos que son muy inciertos. Eso es porque los datos que se ingresan para las simulaciones no pueden tener en cuenta temperaturas pasadas (para las cuales no hay datos de precisión [3]), excepto ajustando subjetivamente datos que no siempre son conocidos. Las recientes variaciones de temperaturas medidas por satélites y globos son parte de una clásica fuerza natural que es llamada El Niño. Ese fenómeno de corto plazo consiste en un retorno de las aguas muy cálidas a la superficie del Océano Pacífico ecuatorial. El calor así liberado en la atmósfera hace subir la temperatura global, y el CO2 no desempeña ningún papel en aquel proceso.
[3] Las temperaturas históricas son determinadas de manera indirecta, utilizando amplias estimaciones sacadas de diversos indicadores geológicos, del carbono 14, de los anillos de los árboles u otros indicadores naturales. Los termómetros modernos fueron inventados a principios del siglo XVIII. Sin embargo, hoy, con instrumentos de alta precisión, ninguna medición de menos de 1°C puede ser hecha de manera exacta. Markó escribió genialmente acerca de la afirmación de la WMO [World Meteorological Organization] de que el año 2016 había sido el "año más caliente de siempre", diciendo: "La Organización Meteorológica Mundial —otra emanación de Naciones Unidas que es también, como el IPCC, un foro intergubernamental— declara que 2016 fue el año más caliente de la Historia. Sabiendo que 2016 es supuestamente más caliente por 0,02°C que 2015, y que el margen de error en ese valor es de 0,1°C, vemos lo absurdo de esa declaración. Para aquellos que no entienden, eso significa que la variación en la temperatura puede ser de +0,12°C (calentamiento global) ó –0,08°C (enfriamiento global). En resumen, no podemos decir nada, y la WMO simplemente se ha vuelto loca".
https://public.wmo.int/en/media/press-release/wmo-confirms-2016-hottest-year-record-about-11%C2%B0c-above-pre-industrial-era
Me gustaría plantear otra cuestión: los actuales desiertos, lejos de estar expandiéndose, están retrocediendo; y lo están haciendo debido a la cantidad más alta de CO2 disponible en el aire. Resulta que los operadores de invernaderos voluntariamente inyectan tres veces tanto CO2 en el invernadero comercial como el que se encuentra presente en la atmósfera. El resultado que podemos observar es que las plantas crecen más rápido y son más grandes, que ellas son más resistentes a enfermedades y a insectos destructivos, y que su fotosíntesis es mucho más eficiente, y que ellas por lo tanto consumen menos agua. De similar manera, el aumento del nivel de CO2 en la atmósfera hace a aquellas plantas necesitar menos agua y así ellos pueden permitirse colonizar regiones áridas.
En cuanto a enfermedades y otros fenómenos extraños apresuradamente atribuídos al calentamiento del clima, hay un sitio web —globalwarminghoax.com, si recuerdo bien— que colecciona los diferentes rumores y observaciones sobre ese tema [4]. El hecho de que la fertilidad masculina esté disminuyendo; el hecho de que las alas de las aves se encogen; el hecho que un tiburón apareció en el Mar del Norte; absolutamente cualquier cosa es susceptible de ser relacionada con el cambio climático si uno despliega la suficiente deshonestidad intelectual. Ahí es donde los periodistas honestos entran en juego: su papel es investigar la verdadera razón de los fenómenos y desmitificar el pensamiento manufacturado de antemano que las fuerzas financieras y políticas le piden a los medios de comunicación que transmitan servilmente.
[4] http://www.numberwatch.co.uk/warmlist.htm
Las enfermedades relacionadas con el clima son relativamente raras, e incluso la malaria no depende directamente del clima sino más bien de la manera en que permitimos que el parásito se reproduzca y que el mosquito prospere en el lugar donde estamos localizados. Si usted se encuentra en un área pantanosa, las probabilidades de que usted se infecte con malaria son altas; si usted ha drenado el sistema y usted ya no tiene aquel pantano, las probabilidades de que contraiga la enfermedad son muy bajas. Al final, culpar automáticamente al cambio climático por el resurgimiento de alguna enfermedad equivale a remover la responsabilidad personal de la gente involucrada, como negar que su carencia de higiene puede ser parte del problema.
—Canlorbe: En su discurso de 1993, en Liechtenstein, Alexander Solyenitsin se vio alarmado por las desventajas asociadas con el florecimiento de la industria y el consumo de masas. "El primer punto descuidado, sólo recientemente descubierto", afirmó él, considerando tanto los regímenes comunistas como también las economías capitalistas, "es que un Progreso ilimitado no calza bien con los limitados recursos del planeta; que la Naturaleza debe ser conservada más bien que demasiado explotada; que estamos haciendo un daño impresionante a un medioambiente que es también nuestro destino común". Solyenitsin reclamó por la abundancia de bienes de consumo baratos, por el progreso de la industria, por la búsqueda de la facilidad material, todo lo que ha desecado el alma de los occidentales. "La victoria de la civilización científica y técnica ha insuflado una especie de inseguridad espiritual en nosotros. Sus regalos nos enriquecen, pero también nos mantienen en la esclavitud. Todo consiste en intereses, y nos vemos obligados a ocuparnos de los nuestros; todo es lucha por bienes materiales; pero una voz interior nos dice que hemos abandonado allí algo puro, superior, y frágil". ¿Cómo responde usted a aquel archipiélago de agrias opiniones?
—István Markó: El análisis de Solyenitsin, que reprende lo que él llama "la civilización científica y técnica", me parece estar imbuído de un curioso desafío con respecto a la ciencia y el progreso tecnológico, aquella misma desconfianza, de hecho, que se ha esparcido como fuego incontrolable en nuestras sociedades occidentales. Imagino que la tendencia pesimista de Solyenitsin proviene de su vida oscura y dolorosa bajo el régimen soviético. No sé si también habría que reconocer en su discurso rasgos de pensamiento típicamente Ortodoxos y eslavos. Sea como fuere, su angustia ante el desarrollo científico, industrial y material recuerda en algo algunos pasajes de Dostoyevski.
Para comenzar, aquellos que comunican la idea de que el carácter finito de los recursos hace imposible el crecimiento infinito, no tienen en cuenta la capacidad del ser humano para innovar en nuestra tecnología, para enriquecer nuestro conocimiento de la Naturaleza, y para mejorar nuestras estrategias de extracción. Tomemos el caso de este recurso finito que es el petróleo: uno nota, en primer lugar, que nuevas reservas son descubiertas con regularidad; en segundo lugar, que las reservas empobrecidas (originalmente extraídas mediante perforación convencional) son explotadas por métodos más avanzados que mejoran la producción y la recuperación del petróleo restante, antes no recuperable; y en tercer lugar, que la máxima tasa de extracción [peak oil, después de la cual la producción comenzaría a disminuír progresivamente], que los Malthusianos constantemente dicen que está a punto de ser alcanzada, es constantemente pospuesta. Por otra parte, la Humanidad idea métodos de reciclaje que nos dejan vislumbrar la posibilidad, en un futuro más o menos surrealista, de construír el crecimiento en base a recursos reciclados de manera permanente e integral.
Estoy de acuerdo con que debemos conservar nuestro medioambiente, y evitar la sobreexplotación. Pero lo que también debemos entender es que la Naturaleza no da nada espontáneamente: los recursos no están disponibles por sí mismos; ellos siempre deben ser producidos o extraídos por medio de alguna tecnología. Además, la Naturaleza no es hospitalaria por sí misma. Para sobrevivir y prosperar, tuvimos que adaptarnos a nuestro medioambiente, y adaptar nuestro medioambiente. El historial medioambiental de los regímenes comunistas, que fallan, o han fallado, en todo, es en realidad desastroso, y la desconfianza de Solyenitsin hacia "la civilización científica y técnica" probablemente viene de allí.
Culpar al consumo de masas y al progreso industrial en cuanto tales, me deja perplejo, porque es sólo el desecho que eso produce, no el consumo mismo, el que es el verdadero problema. Tanto como la lucha contra la basura me parece estar bien fundada y ser necesaria, la lucha contra la "sociedad de consumo", que resultó inspirar un cierto terrorismo, me parece irrelevante. Recuerdo que es principalmente el consumo de masas derivado de la explotación industrial de recursos fósiles el que ha liberado a la sociedad occidental de la pobreza y de toda una serie de tareas que antes la degradaban. La victoria de la medicina, que es tan a menudo elogiada, nunca habría sido posible sin la química de los recursos fósiles. Son los avances químicos e industriales en pesticidas, insecticidas y fertilizantes los que nos han permitido dominar nuestro medioambiente.
A menos que uno considere degradante y esclavizador el hecho mismo de mejorar nuestras condiciones de vida, nadie puede seriamente culpar a la ciencia, la tecnología y el consumo de mantenernos en la esclavitud. La crítica de Solyenitsin parece evitar negar los beneficios económicos y sanitarios del "progreso". Es decir, parece enfocarse en las consecuencias psicológicas. Pero incluso desde aquel punto de vista, uno fácilmente exagera los deletéreos efectos asociados con el desarrollo científico y tecnológico y la resultante comodidad material y el consumo de masas. Los comportamientos patológicos, como las adicciones, son obra de una minoría de consumidores; ellos son por lo tanto excepcionales y casuales y no una especie de enfermedad congénita de las "sociedades de consumo".
En cuanto a la idea de que tener una vida cómoda crearía en nosotros un desierto moral, de que ello nos haría avaros y despiadados, esa noción tampoco resiste el escrutinio. Basta con notar hasta qué punto la gente en sociedades opulentas da a instituciones benéficas de toda clase. Irónicamente, las sociedades asiáticas, que han permanecido fieles a sus tradiciones espirituales, hoy cultivan un mucho mayor respeto por la ciencia y la tecnología que el que prevalece en el secularizado Occidente. Es por lo tanto falso afirmar, como Solyenitsin parece hacerlo, que la espiritualidad de la gente se atrofia cuando su estilo de vida está más centrado en la ciencia y la tecnología.
Con eso presente, hay en efecto inconvenientes psicológicos que pienso que pueden ser legítimamente atribuídos a la comodidad material. A través de las generaciones dicho bienestar gradualmente dispone a la gente que da su comodidad por descontado a perder de vista el mundo inhospitalario y peligroso en el cual ellos viven. Cegados por la facilidad de su nivel de vida, y las facilidades que se derivan de su progreso científico, industrial y tecnológico, los occidentales han olvidado finalmente una ley fundamental: este mundo no da nada sin esfuerzo. Nuevamente, la razón de que seamos capaces de habitar este planeta en condiciones que son tan favorables a nuestra salud y a nuestro bienestar higiénico, así como para nuestro desarrollo económico y demográfico, es que hemos hecho hospitalario nuestro medioambiente.
Gaia no nos toma bajo su protección, ni es ella aquella delicada e inocente diosa, ofendida por la sangre y el trabajo duro, violada por fábricas, minas y grupos urbanos, que los ecologistas tanto celebran. Mencioné ya la colonización de desiertos por medio de las plantas gracias a la mayor cantidad de CO2 disponible para ellas. La colonización genuina viene de la propia Naturaleza, no del ser humano; no es tanto que la gente haya "inventado" la colonización, o la industria, el comercio, la guerra, o incluso los infanticidios; sólo heredamos aquellos comportamientos de la Naturaleza. Si el lector no me toma en serio en cuanto a los infanticidios, que piense en los osos polares, que no vacilan en matar a sus propios descendientes y llevarse sus cabezas para la cena.
—Canlorbe: Usted parece tener una ternura muy especial para China, donde usted ha viajado extensamente. En particular, el sistema nuclear chino de 4ª generación parece capturar su atención. Basándose en su experiencia local y en su investigación, las políticas medioambientales y de energía de China y su versión semi-planificada de una economía capitalista ¿producen, en su opinión, resultados superiores a aquellos obtenidos en Rusia y en el mundo occidental?
—István Markó: Como profesor visitante en dos universidades chinas, he viajado extensamente a China; y debo admitir, como usted dice, que tengo un afecto especial por aquel país. La apertura de Rusia a la economía capitalista fue demasiado brutal y precipitada: condujo a lo que yo llamaría el capitalismo de tipo mafia. Los chinos entendieron bien eso. En vez de "liberalizar" como locos, con aquellas desafortunadas consecuencias, ellos han preferido optar por una suave transición desde el totalitarismo comunista al capitalismo semi-planificado.
Los miembros clave del gobierno chino son todos entrenados como científicos o ingenieros: ellos son líderes que pueden razonar de un modo lógico, que puede analizar y diseccionar un problema científicamente; y ya que ellos no tienen que preocuparse de organizar una campaña electoral cada dos o cinco años, están en condiciones de tomar decisiones sobre el largo plazo. Aquel tipo de producción de la élite es una fuerza indudable del capitalismo chino; y el desarrollo del sistema nuclear de cuarta generación, como usted correctamente señala, es uno de los grandes éxitos para crédito de ellos.
Habiendo dicho eso, me siento obligado a declarar que no soy ingenuo con respecto al destino de las libertades políticas y sociales allí. Noto, sin embargo, que la libertad de expresión está avanzando a muy rápida velocidad. En particular, presencié manifestaciones en la plaza Tiananmen que eran al más puro estilo europeo, y eso no provocó que ninguno de los participantes fuera baleado o decapitado. En 1993 un estudiante de doctorado que quería venir a Bélgica sólo podía hacer eso si su familia permanecía como rehén en suelo chino. Hoy, ya no hay ningún problema para que su familia lo acompañe.